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Maquiavelo: Síntesis

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1. Génesis histórica, personal y teórica del pensamiento de Maquiavelo

En verdad Nicolás Maquiavelo (1469-1527) ha tenido un renombre extraordinario en el que se han mezclado los más admirables elogios con los más denigrantes juicios. La lectura de sus escritos ha provocado, a través de más de cuatro siglos, una polémica que, lejos de cesar, crece con el avance de la Ciencia Política y con la importancia que tiene en nuestros días el juego terrible que encierra el ejercicio del poder. Nuestro autor ha sido leído muy deprisa, muy polémicamente, muy exclusivamente a favor o en contra. De hecho, el carácter de Maquiavelo y el verdadero significado de su filosofía, han sido uno de los enigmas de la historia moderna.

Más que ningún otro pensador político, fue Maquiavelo el creador del significado que se ha atribuido al Estado en el pensamiento político moderno, ya que, de todos sus contemporáneos, fue el que tuvo la mayor amplitud de visión y la penetración más clara de lo que era la tendencia general de la evolución política europea.

Maquiavelo es un personaje complejo cuyo pensamiento no se puede abordar de un modo puntual, definitivo e instantáneo. Éste es el motivo de que antes de abordar la concepción maquiaveliana de la ética y de la política hayamos preferido dedicar una amplia parte de este estudio a examinar la génesis histórica, personal y teórica de su pensamiento. No se puede comprender plenamente su pensamiento si no se relaciona con la crítica situación histórica que le tocó vivir y con la inserción de la política y de la teoría en los avatares de su vida. Así pues, el Maquiavelo literato y pensador toma una opción clara en el marco de la cultura florentina y de la crisis político-religiosa con que esa cultura estaba vinculada. Su praxis política y la elaboración de su pensamiento político no es independiente de todo ello, sino expresión del movimiento global de su personalidad en el medio total en que se desenvuelve.

a) Sus primeros años

Niccolò Machiavelli nace en Florencia el 3 de mayo de 1469. En ese mismo año Lorenzo de Medici (el Magnífico) asume el control y el poder real sobre la República florentina que su familia venía administrando desde el retorno de Cosme el Viejo en 1434 y que iba a mantener ininterrumpidamente hasta 1494. Son los años en los que la política italiana se encuentra equilibrada entre las cinco potencias firmantes de la paz de Lodi en 1454 (Milán, Venecia, Florencia, el Papa y Nápoles) y los Estados Colchón situados entre ellas; son también los años en que la cultura florentina alcanza su apogeo con la restauración platónica de Ficino y Pico della Mirandola, así como con los logros en pintura, escultura y arquitectura. Pero también son los años en que se aprecia un estancamiento de la actividad económica en toda Italia.

Esta situación de equilibrio político se rompe cuando en 1494 (dos años después de la muerte de Lorenzo de Medici) el rey de Francia baja con sus ejércitos a Nápoles paseándose por Italia sin encontrar resistencia. La excursión por Italia de Carlos VIII de Francia tiene como consecuencia la expulsión de Florencia de los Medici y la restauración de una República de fuerte contenido popular que se mantendrá hasta 1512, fecha en que los Medici regresan de nuevo a Florencia y al poder. Este año 1494 señala el comienzo de una nueva fase en la historia italiana y europea, y esta profunda mutación no se escapa a Maquiavelo: a partir de este momento la política italiana deja de ser autónoma y la península se convierte sin posibilidad de resistencia por su parte, al menos en su estado contemporáneo, en el escenario donde las nuevas monarquías europeas (Francia y España) dirimen sus pretensiones a la hegemonía militar y política en Europa. La nueva fase se caracteriza, pues, por la aparición del Estado moderno.

Los testimonios y documentos sobre los primeros años de la vida y formación de Maquiavelo son escasos. Pero el 9 de marzo de 1498 Maquiavelo entra propiamente en la escena política con motivo de una carta a su amigo Becchi en la que expresa sus impresiones sobre Savonarola y que constituye prácticamente su ingreso en la historia. En los primeros años, hasta 1498, la nueva república florentina aparece dominada por la poderosa figura del fraile dominico Girolamo Savonarola, cuya oposición anterior al dominio mediceo unida al cumplimiento de sus profecías y a sus exigencias de regeneración político-social bajo los dictados de una religiosidad ascética, le proporcionan en los primeros momentos de la república un extraordinario prestigio y una amplia adhesión entre la población florentina. Pero a partir de 1498 el partido de Savonarola se disgrega, el Papa Alejandro lo atacaba y en Florencia se elegía una nueva "Signoria" hostil al monje, que terminaría siendo ejecutado el 23 de mayo.

Esta carta, en la que Maquiavelo informa a su corresponsal sobre los últimos sermones de Savonarola, muestra claramente que no es savonaroliano, no sólo por la hostilidad y desprecio manifestados hacia el fraile, sino sobre todo por la actitud conceptual y mentalidad, completamente ajenas a la savonaroliana que expresa. Maquiavelo permanece insensible al planteamiento religioso savonaroliano, y le contrapone una perspectiva puramente política desde la que juzga a Savonarola, reduciendo el discurso savonaroliano a su dimensión y función política. Su juicio sobre Savonarola es negativo, malévolo, irónico: ve a Savonarola como un político que trata de adherirse a la población bajo la apariencia religiosa, como un hipócrita que reviste sus falsedades con el ropaje de la religión en vistas a su aceptación. Sin embargo, no lo condena por ello, pues considera que Savonarola es un político que actúa como cualquier otro, pues es necesario que el reformador político se presente como enviado divino (ropaje que ayuda a que sus innovaciones tengan mayor crédito).

Por lo demás, conviene tener presente que esta carta no expresa ninguna doctrina positiva y desarrollada. Cabe ver en ella una reducción de la religión a política, pero sería incorrecto, y con toda seguridad apresurado, proyectar o retrotraer el pensamiento formulado con posterioridad (en 1513 en El Príncipe y Discorsi), que presupone toda una serie de conceptos teóricos básicos, como algo ya presente a este momento, si bien no explicitado. Si Maquiavelo tiene alguna doctrina política, no la formula; lo que nos expresa esta carta es su actitud de reduccionismo político.

b) Su experiencia política (1498-1512)

De todas formas, fue el desastre final de Savonarola lo que abrió a Maquiavelo las puertas de la cancillería, ya que tras la consiguiente purga de sus partidarios, el 19 de junio de 1498 Maquiavelo salía elegido como secretario de la segunda cancillería (encargada de la administración de los asuntos internos), puesto desde el que se enfrentará a la experiencia de la política italiana y europea durante quince años decisivos en la formación de su pensamiento. Al mes siguiente añadiría a este empleo el de secretario del "Consejo de los Diez", organismo supervisor de las dos Cancillerías, a cuyo cargo estaba además el control de la diplomacia y cuya autoridad se interfería a veces con la misma "Signoria".

De 1498 a 1512 se extiende la "lunga esperienza delle cose moderne" (como una de las dos fuentes del saber, según reza la dedicatoria de El Príncipe) que irá formando su juicio y su pensamiento político en un contacto directo con la realidad política florentina e italiana del momento:

En 1499, apenas instalado Maquiavelo en la cancillería, Florencia realiza un gran esfuerzo militar para recuperar Pisa y ello da origen al primer escrito de Maquiavelo: Discorso fatto al magistrato dei dieci sopra le cose di Pisa (que redacta por obligación de su cargo a finales de mayo y comienzos de junio de 1499). Del Discorso, llegado hasta nosotros incompleto, destacan varias cosas: la ausencia de unos principios teóricos que en los opúsculos de 1503 aparecerán ya plenamente adquiridos y funcionarán como guía en la interpretación de los hechos y en la evaluación de la política florentina; la voluntad de conseguir una percepción clara de la realidad, para lo cual se contemplan las diferentes posibilidades teóricamente existentes y se descubre la única vía que la realidad de hecho ofrece en las presentes circunstancias: la fuerza. La política florentina estaba basada en un desconocimiento del verdadero papel de la fuerza, de los riesgos que comportaba la propia debilidad y en la resistencia al empleo de procedimientos contrarios a la religión por el temor de incurrir en castigos ulteriores. Como muestra la misma correspondencia oficial de Maquiavelo, la política florentina se caracterizaba por una serie de principios: cautela extrema, postergación de las decisiones hasta el límite de lo posible y obsesión por permanecer al margen de los problemas, pretendiendo jugar a todas las bandas; se trataba en suma de "temporeggiare", de "godere il benefizio del tempo" y buscar ante todo la neutralidad circulando por la "via di mezzo" y la indecisión. Así pues, Maquiavelo se nos aparece desde el primer momento en oposición a la política florentina, cuya impotencia causada por la debilidad militar y la desunión política, considera que es la causa de que Florencia no pueda recuperar Pisa, y constituye un motivo capital de su reflexión teórica a partir de este momento.

La reanudación de la guerra contra Pisa termina, sin embargo, con un desastre total. Y esta experiencia mostró a nuestro autor, desde los primeros momentos, las limitaciones, los peligros y la inutilidad de las tropas mercenarias y auxiliares.

El descalabro de Pisa había afectado también al prestigio francés. Éste y otros roces con Francia amenazaban con dejar completamente aislada a Florencia en unos momentos en que la república carecía de defensa armada. Para justificar y defender la actitud florentina fue enviado Maquiavelo en legación a Francia en julio de 1500 junto con Giovani della Casa. Su estancia en la corte francesa se prolongó hasta noviembre de aquel año. Esta primera legación, complementada con las de 1504, 1510 y 1511, así como con las legaciones a Alemania y al Emperador en 1508 y 1509, tiene una importancia decisiva en la formación de su pensamiento político: la experiencia francesa suponía el contacto con el primer Estado moderno, mientras la experiencia alemana e imperial representará el contrapunto feudal-medieval.

La monarquía francesa poderosa y consciente de su fuerza proporciona ya en 1500 importantes lecciones de política efectiva al secretario florentino. La importantísima carta a la "Signoria" del 27 de agosto de 1500 registra la amarga constatación de Maquiavelo de los criterios, los únicos criterios, que rigen la política contemporánea: el poder, la fuerza y el dinero, todo lo demás son palabras; ésta es la enseñanza que de la política contemporánea aprende Maquiavelo en Francia. En el caso del Imperio, Maquiavelo percibe fundamentalmente los contrastes con Francia: frente a la fuerza, cohesión, unidad y equilibrio de los "humores" o clases sociales con el rey como centro de gravedad, el Imperio ofrece un espectáculo de fraccionamiento, desarmonía y desequilibrio.

Tras sus primeras experiencias (1498-1501) Maquiavelo había llegado a la clara percepción de que la capacidad de acción exterior de un Estado está en razón directa de su eficaz orden político-militar interno. Este principio ya no lo abandonará jamás, sino que lo irá enriqueciendo con nuevos elementos que brotarán sucesivamente de la experiencia política y de la lectura de la historia.

Muy distinta, pero complementaria, es la enseñanza extraída por Maquiavelo en 1502 de sus dos legaciones ante César Borgia. César Borgia, nacido en 1475, había sido destinado por su padre (el entonces cardenal Rodrigo Borgia que accedería al papado como Alejandro VI) a la carrera eclesiástica y en 1493, al año siguiente de acceder al papado, César era ya arzobispo de Valencia y cardenal. Sin embargo, la muerte en 1497 de su hermano Rodrigo (que era el destinado hasta entonces a personificar los proyectos estatales de Alejandro VI) provoca un cambio en su vida. César Borgia abandona el estado clerical, esposa a una noble francesa, obtiene el ducado de Valentinois y pasa a ser ejecutor del proyecto de forjar un Estado familiar bajo la apariencia de recuperar para la Iglesia los territorios pontificios ocupados por señores locales. Borgia se hallaba tremendamente presente en la política florentina, y es de suponer que Maquiavelo debía venir siguiendo con preocupación e interés su trayectoria política, tanto por el peligro que representaba para Florencia como por una atención teórica hacia un personaje cuya práctica parecía estar de acuerdo con su propia visión de la manera de actuar en política. Su interés, e incluso su simpatía intelectual, no significaba en modo alguno adhesión política a su persona o una vinculación del secretario con la oposición aristocrática florentina que estaba dispuesta a aliarse con él para derrocar al régimen florentino.

La primera legación ante César Borgia tuvo una duración muy breve para Maquiavelo (del 22 al 26 de junio de 1502) e iba acompañado de Francesco Soderini, hermano de quien aquel mismo año iba a ser elegido "gonfaloniere a vita". Como muestra la carta del 26 de junio, Maquiavelo pudo percibir rasgos importantes de la actitud política de C. Borgia con los que no podía dejar de estar de acuerdo: su conciencia clara de la situación, la polarización de las posiciones, la animadversión ante la vacilación, ante la indecisión y la neutralidad, y las posiciones de fuerza. Sin embargo, fue en la segunda legación (de octubre de 1502 a enero de 1503) cuando Maquiavelo -que en esta ocasión iba solo- tuvo la oportunidad de conocer realmente y admirarse ante César Borgia, formando el juicio que servirá de base a El Príncipe.

Esta segunda legación tenía por objeto dar garantías a Borgia (pero sin comprometerse de forma positiva) ante la rebelión de sus "condottieros" (se trataba de una sublevación contra su señor de los feudatarios eclesiásticos, que habían terminado percatándose de que la solidez y unidad de los Estados de la Iglesia implicaba necesariamente su propia ruina). La situación de partida, profundamente distinta a la de junio, es decisiva en este enriquecimiento de Maquiavelo: El duque Valentino, nombre con el que también era conocido César Borgia, se encontraba en una situación difícil, "ante una guerra inminente y desarmado". Y Maquiavelo se encuentra en Imola (como muestran las primeras cartas de la legación) un César Borgia consciente de la gravedad de la situación, pero dispuesto a hacerle frente: decisión, búsqueda por todos los medios de armas, aprendizaje de los propios errores, astucia y recurso al engaño, sentido de la oportunidad y uso de la misma en el momento preciso, voluntad decidida de ejecutar la perfidia, traición y crimen necesarios políticamente; un César Borgia "príncipe nuevo" consciente de los riesgos de su posición y decidido a hacer todo lo necesario para "asegurarse" y "mantenerse" en su Estado. Pero al mismo tiempo este ejercicio se muestra al legado florentino desarrollado en el marco de una realidad móvil y peligrosa, marcada por el riesgo, que es el mundo de la política, el mundo de la fortuna; y la buena fortuna de César Borgia se evidencia como el resultado de su acción sabia y decidida, de su virtù, de una competencia y decisión que, sin retroceder ante lo necesario y aprovechando la oportunidad, parecen a Maquiavelo (gracias al ejemplo del duque) poder contener y domar a la fortuna.

La legación, además de configurar a César Borgia como príncipe nuevo lleno de virtù, había evidenciado algo más, tremendamente problemático: la necesidad inevitable del mal en la política, la aguda percepción de que la traición y el crimen pueden ser (y de hecho son) inevitables, y el ingreso en la vía del mal necesario como un componente fundamental de la virtud y sabiduría políticas. Maquiavelo lo constata secamente y con "admiración"(sentimiento que expresa tanto el reconocimiento intelectual de la justeza del crimen como el estupor moral; un sentimiento de la escisión en el mundo humano) en las cartas del 26 de diciembre y del 1 de enero. Borgia, en suma, mostraba a Maquiavelo la naturaleza felina y salvaje de la política, el hecho de que la necesidad de asegurarse imponía inevitablemente una conducta contra la fe, contra la moral y la religión, el disimulo y la retórica como consustanciales a la política; Borgia mostraba un uso ejemplar de lo que luego llamará Maquiavelo "la zorra y el león".

La virtù de César Borgia príncipe nuevo en su acción concreta que permite controlar la fortuna, y la escisión entre ética y política como problema doloroso y no resuelto, es la enseñanza de la segunda legación ante el duque Valentino.

Pero todavía, en 1503, se enfrentaría Maquiavelo una vez más directamente con César Borgia: En agosto de 1503 muere Alejandro VI y el propio César Borgia está gravemente enfermo. El nuevo Papa, Pío III, muere el 18 de octubre. La elección del nuevo Papa es decisiva para la política italiana, con España y Francia enfrentadas en Nápoles, con el Estado de Borgia descomponiéndose por causa de los intentos de expansión veneciana y el retorno a sus ciudades de los antiguos señores. La situación del duque Valentino es, pues, mucho más difícil que en octubre de 1502 y sus posibilidades dependen en gran medida de que el nuevo Papa le sea favorable. Para asistir a todo ello, y tratar de evitar un desarrollo desfavorable para Florencia de la situación en la Romaña, el gobierno florentino envía a Roma en legación a Maquiavelo.
Esta legación es verdaderamente dramática para Maquiavelo, pues asiste al progresivo hundimiento de César Borgia. El apoyo de Borgia a Julio II en el cónclave es un error y Maquiavelo tácitamente lo reconoce (carta del 4 de noviembre de 1503): se percató de que el duque cometía el mismo error que anteriormente sus lugartenientes (asesinados por C. Borgia), es decir, fiarse de quien (Julio II) había sido ofendido por él y consiguientemente debía buscar su ruina.

Todo ello representaba para Maquiavelo la visión clara de que C. Borgia no estaba a la altura de la imagen forjada y el desengaño lo vertirá Maquiavelo en la forma de un amargo sarcasmo sobre su héroe intelectual que no había respondido a lo que de él se esperaba. Esto no impide, sin embargo, que Borgia sea transformado en el político perfecto que actúa según la sabiduría política y que prescribe al príncipe nuevo en el capítulo VII de El Príncipe. A pesar de todo, la exigencia de empiricidad y realismo que Maquiavelo se impone a sí mismo termina aflorando en ese mismo capítulo creando así la tensión que lo caracteriza.

Esta desilusión se proyectará sobre su misma construcción teórica: la experiencia anterior de César Borgia había mostrado la posibilidad de una virtù poderosa de someter y controlar el océano mudable y arriesgado de la política, de la fortuna, y los opúsculos de 1503 expresaban esa confianza. Ahora, a la luz del hundimiento triste y poco ejemplar del Valentino, el problema se planteaba de nuevo: ¿puede la virtù imponerse a la fortuna?. El interrogante quedaba de nuevo abierto y la problemática de los Ghiribizzi de 1506 tenía aquí su formulación anticipada.

En 1503, entre el segundo y tercer encuentro con César Borgia, Maquiavelo redacta dos opúsculos importantísimos, especialmente el primero de ellos: el Discurso sobre la provisión de dinero, con un breve proemio y justificación ("Parole da dirle sopra la provisione del danaio, fatto un poco di proemio e di scusa") y Cómo tratar a los pueblos rebeldes de Valdichiana ("Del modo di trattare i popoli della Valdichiana ribellati"). La importancia de estos escritos reside en que, a pesar de estar destinados a tratar y a discutir puntos concretos de la política florentina, la enseñanza extraída del contacto con la política contemporánea adquiere una formulación teórica universal, prolija y articulada: los acontecimientos políticos no son ya motivo para inducciones teóricas derivadas, sino el cauce de una teoría política rica y estructurada que constituye el principio universalmente válido desde el que se interpreta la situación política contemporánea y se evalúa muy negativamente la política florentina. Son estos, pues, los primeros escritos teóricos de Maquiavelo y testimonian un poderoso salto adelante con respecto a todo lo anterior: si bien son escritos posibilitados por esa experiencia anterior de las cosas modernas tienen su base en las "historias", es decir, en la lectura de los historiadores antiguos. Así, en . el escrito Cómo tratar a los pueblos rebeldes de Valdichiana,, aparece la presencia de la lección de la historia y el carácter magistral de la Roma republicana como elemento desde el que se evalúa negativamente (por contraste con la prudencia romana) la política florentina confusa, irresoluta, incapaz de ver claramente las alternativas y sistemáticamente proclive a las siempre estériles y contraproducentes vías intermedias.
En agosto de 1506, en medio de los debates en torno a la milicia y a su organización, cuando todavía no se había aprobado ninguna disposición legal sobre ella, Maquiavelo es enviado en legación ante Julio II. El motivo de dicha legación era la empresa que el pontífice (sin apenas tropas) acometía de recuperar los territorios de la Iglesia de los señores locales y de la penetración veneciana en la Romaña que había seguido al fallecimiento de Alejandro VI y al hundimiento de César Borgia. Momento culminante en esta empresa iba a ser la toma de Bolonia frente a los Bentivoglio, pero antes Julio II decide hacer lo mismo en Perusa, ciudad a la que en 1503 había retornado Giampaolo Baglioni. El episodio de Perusa produjo un fuerte impacto en Maquiavelo: el triunfo contra todo pronóstico razonable de Julio II, impetuoso y decidido, desarmado frente a un enemigo peligroso, Baglioni, enfrentado a una necesidad extrema, era el triunfo de la decisión y de la audacia que difícilmente cabía esperar que fuera conseguible con la prudencia y el cálculo meticuloso de los pasos a dar. .En esta situación Maquiavelo recibe una carta enviada desde Florencia por Giovan Battista Soderini (sobrino del gonfaloniero). La respuesta maquiaveliana a esta carta son los Ghiribizzi a Giovan Battista Soderini, escritos en Perusa entre el 13 y el 21 de septiembre de 1506. Este texto, fundamental en la historia del pensamiento maquiaveliano, debe su importancia no sólo al hecho del contraste teórico entre un modo de proceder cauteloso (como el recomendado por Soderini) y un modo de proceder furioso y audaz (como el mostrado con éxito por Julio II en Perusa), sino fundamentalmente a la elaboración teórica de todo ello en el marco de una nueva, más profunda y definitiva concepción de la virtù y la fortuna. Así pues, el capítulo XXV de El Príncipe, con su pesimismo en cuanto a la capacidad de la humana virtud en su lucha inevitable con la fortuna y también con su voluntad activista de luchar e intentar superar lo dado a pesar del diagnóstico de la inteligencia, se encuentra ya absolutamente trazado en este texto de 1506, incluso de forma literal.

Otra obra importante escrita en 1509 es una composición en verso titulada Capitolo dell'ambizione, donde Maquiavelo se extiende sobre el tema de la ambición y otras consideraciones sobre la naturaleza humana que permiten ver ya notablemente configurado el marco filosófico general en el que se asienta su concepción de la política, del poder y en general de la convivencia humana ordenada dentro del Estado.

En esta obra se presenta por primera vez a Maquiavelo como motivo de reflexión la ambición, pasión que volverá a ocupar un lugar importante en las obras de la plena madurez (Discorsi I, 37 y II, proemio, y Asino, caps. V y VIII). Además de individuar en la ambición aquella pasión natural inextinguible, responsable del movimiento en las cosas humanas y por ello en estrecha relación con la fortuna, que surge como lugar de encuentro de la propia ambición con el mundo exterior, Maquiavelo señala que lo decisivo es el mecanismo de canalización del flujo de esa pasión, mecanismo que no es otro que el "ordine" estatal. El Estado como un orden que regula el curso de las pasiones (la ambición) individuales y sociales haciendo posible su discurrir constructivo y su despliegue en la dirección de la expansión exterior. Se plantea ya así la visión del Estado como una estructura viva generadora de orden (la única vía para el orden), porque él es en sí mismo el "orden"; es, en suma, el tema de los Discorsi.

Sin embargo, no todas las construcciones estatales tienen el mismo valor y la misma eficacia a la hora de canalizar la ambición y permitir su despliegue hacia el exterior. Así, el hundimiento veneciano es visto por Maquiavelo, como ejemplo del hundimiento general italiano, como resultado inevitablemente desastroso de una ambición mal canalizada. Los responsables de este hundimiento son los propios italianos y no la naturaleza ni la fortuna. Está aquí ya presentado el núcleo de todo el programa de El Príncipe y los Discorsi, que se desarrollará cuando al hundimiento veneciano siga, en 1512, el hundimiento florentino, en cumplimiento del presagio anunciado o temido en los versos 178-187 del Capítulo de la ambición.

c) El período de 1512 a 1527

Una vez rota la alianza del Papa Julio II con Luis XII de Francia, que había permitido en 1509 la derrota y contención de Venecia, se constituye en octubre de 1511 la Liga Santa en la que el Papa, Venecia, España y los suizos tratan de expulsar a los franceses de Italia. Con ello la situación para la república florentina se tornaba muy delicada dada la tradicional Alianza con Francia. Ante esta situación la política florentina mostró una vez más todos sus defectos de indecisión y búsqueda obsesiva de la neutralidad no decidiéndose a romper la alianza con Francia. La no ruptura de la alianza francesa llevó a la invasión del Estado florentino por las tropas de la Liga en agosto de 1512. De este modo la derrota francesa en 1512 se transforma en derrota florentina y de su régimen político: Las tropas de la Liga, con el apoyo y favor de los aristócratas florentinos, entran en Toscana para proceder a la deposición de Soderini e imponer el retorno de los Medici tras 18 años de exilio.

El 7 de noviembre de 1512 la Señoría florentina decidía privar de todos sus cargos a Nicolás Maquiavelo; una segunda disposición le imponía tres días más tarde un año de confinamiento en territorio florentino y una fianza de mil florines de oro, cantidad muy elevada que sólo pudo satisfacer gracias a la generosidad de tres amigos. Finalmente, el 17 de ese mismo mes se le prohibía el acceso durante un año al palacio de la Signoria, su lugar de trabajo durante quince años.

Comenzaba así el período "post res perditas" (expresión que utiliza el propio Maquiavelo al ordenar sus papeles personales tras la catástrofe, a la vez colectiva y personal, de la caída de la república) que duraría hasta el final de su vida en 1527, pues a pesar de todos sus esfuerzos no conseguirá recuperar su posición perdida. A diferencia del anterior, el período que ahora se abre es un período de ocio, ocio forzado que hará posible la redacción de las grandes obras de madurez: El Príncipe, los Discorsi, el Arte de la guerra, la Mandrágora, la misma Historia de Florencia, en las que se recoge la enseñanza de toda la experiencia anterior y de la lectura de la historia. No se trata, sin embargo, de obras ociosas, apartadas y desvinculadas, sino profundísimas y radicalmente vinculadas y comprometidas con el presente sobre el que pretenden seguir actuando en la única forma que es posible al autor: mediante la reflexión teórica sobre las causas del desastre italiano y florentino, sobre los principios de la política y del Estado, y mediante la consiguiente elaboración de una propuesta de regeneración o reforma político-militar-educacional.

El período que se abría con la pérdida del empleo era también, y muy en primer plano, el de la angustia económica. Desde ese momento no tiene (no puede tener, entre otras razones por imperativos de subsistencia a la vez que por vocación, carácter y capacidad) otro objetivo que la búsqueda de un acceso a los Medici que le permita ponerse de nuevo en pie y retornar al mundo de la política.

Así pues, cuando Maquiavelo da comienzo el 13 de marzo de 1513 a su correspondencia con Vettori, parece buscar en ella dos cosas: en primer lugar encontrar una vía de acceso al favor de los Medici y, en segundo lugar, desfogarse de su pesar por la mala fortuna que se ve obligado a soportar con resignación. Vettori era un aristócrata florentino, compañero de Maquiavelo en la ya lejana primera legación ante el emperador (1507-1509), y con el que había contraído una cierta amistad. Vettori, además, había jugado un importante papel en la deposición y salida de Florencia de P. Soderini y su cargo de embajador en Roma era un indicio de su vinculación con los Medici. La importancia de este intercambio epistolar difícilmente podría ser sobrevalorada, ya que esta correspondencia con Vettori es el único testimonio maquiaveliano llegado hasta nosotros (haciendo abstracción de El Príncipe y el comienzo de los Discorsi) de este importantísimo año de 1513. Aunque una de las características de la personalidad de Maquiavelo es la reserva y la tendencia a ocultar sus sentimientos íntimos, es también cierto que en estas epístolas se refleja admirablemente la personalidad maquiaveliana y las diversas circunstancias vitales por las que atraviesa a lo largo de ese año. Es, pues, todo Maquiavelo lo que nos encontramos en estas epístolas a Francesco Vettori: el hombre en la circunstancia completa de su vida con su grandeza y su dignidad, con sus dificultades y su patriotismo, en su vida cotidiana y en sus reflexiones teóricas insertas en el presente.
La correspondencia con Vettori está directamente vinculada con la génesis de El Príncipe, no sólo porque en la bellísima carta del 10 de diciembre, tras un silencio de tres meses, Maquiavelo informa a su corresponsal de haber redactado un tratado "De principatibus", sino también porque ella misma es parcialmente determinante de la redacción de esa obra. En resumen, podemos decir que el desastre personal, la miseria italiana, el curso teórico de los Discorsi y de la correspondencia con Vettori, la enseñanza de quince años de ejercicio y el estudio de la historia, así como la búsqueda de una vía de acceso a los Medici, habían hecho nacer El Príncipe.

Maquiavelo no consiguió de los Medici ningún encargo político. Sólo en 1520 recibirá de la todopoderosa familia Medici un empleo como historiador del cual surgirán las Istorie florentine. Tras algunos otros encargos de mínima importancia, Maquiavelo recibe comisiones de mayor valor cuando estalla de nuevo en 1526 la guerra contra Carlos I de España y la Liga de Cognac.
El 6 de mayo de 1527 las tropas imperiales entraron en Roma. Pocos días después los Medici se exilian de Florencia y se restaura la república popular, de inspiración savonaroliana, que sólo iba a durar tres años (pues en 1530 volverían los Medici de la mano del emperador, convertidos ahora en duques). En esta ocasión, la nueva república margina a Maquiavelo en la renovación de empleos políticos, pues considera al viejo secretario florentino demasiado vinculado a los Medici. Al poco tiempo, el 21 de junio de 1527, aquejado de peritonitis aguda, moría Nicolás Maquiavelo sin haber podido recuperar el puesto perdido en 1512 y sin haber podido incidir con su saber político en el curso de los acontecimientos.

2. "El Príncipe" y los "Discorsi".

El pensamiento maduro de Maquiavelo, el que con mayor o menor fidelidad al pensamiento del autor incide poderosísimamente en la vida europea posterior, es el expuesto en 1513 en El Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (la redacción de esta última obra se prolonga en los años inmediatamente posteriores). Pero cuando estas dos obras fueron publicadas en 1531 y 1532 lo que de hecho nació fue el mito de Maquiavelo y del maquiavelismo: empezó a circular por Europa un nombre "convertido en juguete perpetuo de la opinión de los hombres".

Como ya se ha mencionado, la correspondencia con Vettori había llevado a Maquiavelo a un punto de lucidez histórica, a un momento de pasión que se siente derrotada de antemano, a no ser que "si todavía es posible, quienes lo tienen en la mano pongan remedio a la situación". Pero no había sido sólo el "crescendo" progresivo de la correspondencia con Vettori lo que había llevado a Maquiavelo a redactar El Príncipe, también había influido en ello de manera determinante el desarrollo de los Discorsi (los comentarios y las reflexiones sobre la obra de Tito Livio).

Se admite hoy generalmente que Maquiavelo comenzó la redacción de los Discorsi a partir de marzo de 1513. También se admite que fue tras el capítulo XVII o XVIII del primer libro cuando Maquiavelo abandonó los Discorsi para pasar a redactar de un solo golpe Il Principe. Así pues, según la opinión de la crítica más autorizada, tras los primeros dieciocho capítulos del primer libro de los Discorsi, redactados como proyecto de vasto aliento de reflexión teórica y explicación de la crisis, Maquiavelo pasó a redactar El Príncipe. Desde el famoso artículo de Chabod de 1927 se acepta universalmente la composición unitaria, y en una sola y rápida etapa, entre julio-agosto y diciembre de 1513, de El Príncipe. Asimismo, es un principio impuesto de forma definitiva en la exégesis maquiaveliana el de la unidad conceptual de El Príncipe y los Discursos. De este modo es opinión prácticamente unánime entre los estudiosos que las dos obras fundamentales de Maquiavelo exponen un pensamiento coherente y unitario, conceptualmente consistente y articulado, más allá de, y por encima de, las diferencias entre una y otra obra. Son pues, dos textos que se complementan y que dan una visión global de la empresa que perseguía y del tipo de poder que propugnaba para sacar a Italia de su marasmo.
Los Discursos son fruto de una meditación profunda y sistemática, y en ellos se encuentran análisis teóricos de gran importancia; pero son a la vez una obra militante: Maquiavelo, político en paro forzoso, los escribe entre 1513 y 1520, con el propósito explícito de que tengan una utilidad práctica, construyendo cuidadosamente en sus páginas un instrumento para edificar el futuro.

La lectura de los primeros capítulos de los Discursos nos muestra el mismo proceso creciente de apasionamiento, de angustia por la situación contemporánea italiana que se puede apreciar en la correspondencia con Vettori. Tras discutir sobre el origen del Estado y sus diferentes clases (capítulos I-II), Maquiavelo señala como principio clave de la acción política la clara conciencia de la maldad humana. Nuestro autor vuelve a alcanzar un grado superior en el capítulo IX al postular que quien desee "ordenar" un Estado de nuevo o reformarlo totalmente al margen de sus antiguas instituciones, debe estar solo. Y cita los ejemplos de Moisés y Rómulo que luego aparecerán en El Príncipe (capítulo VI). Alcanzado este punto, en los capítulos XI-XV Maquiavelo muestra la función indispensable de la religión como "lazo" de los hombres entre sí dentro del ordenamiento institucional. La religión (al igual que las leyes y la educación) es valorada e interpretada por Maquiavelo como instrumento del poder y como elemento cohesionador del cuerpo social al que se canaliza en determinada dirección. Si la tarea de la educación es producir en los nuevos ciudadanos aquellas "buenas costumbres" que pueden "suplir los defectos de la naturaleza" generando la virtud y la moralidad necesarias para la conservación y expansión del cuerpo social y del Estado, la religión es para Maquiavelo el componente fundamental de la educación y un "ordine" básico en el Estado. De este modo, la religión misma aparece subordinada (en tanto que "instrumentum regni" y en tanto que ideología cohesionadora, educadora, formadora y movilizadora del cuerpo social) a la patria por su carácter y origen puramente "natural".

Así pues, la religión tiene su asiento en la naturaleza humana y constituye una de las pocas fuerzas cohesionadoras e integradoras ínsitas en el hombre. Su funcionalidad reside precisamente en esta capacidad suya de vincular y "ligar" a los hombres entre sí. Por tanto, aunque la religión postula una divinidad y une a los hombres con ella, su función última es la cohesión humana en una perspectiva puramente inmanente; lo propio en suma de un orden político.

Ante todo lo dicho no resulta extraño que Maquiavelo juzgue el valor de las religiones en función de su mayor o menor capacidad de educación política. De ahí la clara superioridad de la religión romana pagana sobre la cristiana. Políticamente la religión cristiana es mucho menos eficaz y positiva que la religión antigua, romana. Critica en diversos lugares a la Iglesia católica, pero no le hace acusaciones teológicas, sino políticas: ha impedido la unidad italiana, es un ejemplo de gobierno que corrompe cualquier organización, por perfecta que sea, no fomenta el amor a la patria, y sus efectos en la educación son nefastos, pues no induce a las virtudes cívicas, a la fortaleza y a la libertad, sino, muy al contrario, a la humildad, la debilidad, el despotismo, la cobardía y el absoluto desinterés por la colectividad. Considera esta disfuncionalidad del cristianismo como consecuencia de una mala interpretación de la religión, a la que atribuye el carácter de ser una de las causas de los males de Italia. Esta concepción de la corrupción religiosa como causa de los males de Italia coincide con la tradición milenarista-apocalíptico-profética de su tiempo. Sin embargo, la necesaria reforma religiosa, en el sentido maquiaveliano (y no en el milenarista) se presenta a los ojos de Maquiavelo como algo verdaderamente difícil.

Por último, no debemos olvidar el hecho de que Maquiavelo incita al príncipe o gobernante a saber violar la religión si es necesario (El Príncipe, cap. XVIII), si bien le aconseja aparentar siempre el mayor respeto por la religión (Discorsi I, 13). Esto es un ejemplo más de que la religión sólo le interesa como medio de control y de integración social, como fenómeno humano, no como fenómeno sobrenatural, siguiendo la línea insinuada dos siglos antes por su predecesor Marsilio de Padua. No es extraño, por tanto, que Maquiavelo (enlazando con el capítulo IX) desarrolle en los capítulos XVII-XVIII de los Discorsi el principio de que un pueblo corrompido sólo puede conservar la libertad sometido al gobierno excepcional, con procedimientos excepcionales, de una personalidad poderosa. Así pues, en dichos capítulos se producía "el paso de las repúblicas a los principados": en situaciones de extrema corrupción (política, religiosa y militar) del conjunto del cuerpo social (éste es el caso de Italia y Florencia) resulta imposible el mantenimiento de un Estado republicano; es imprescindible, como única forma (cuyo éxito, además, no está garantizado) de supervivencia e independencia, una reforma total de la mano de una autoridad principesca, un "príncipe nuevo" que establezca un nuevo ordenamiento político capaz de perdurar, en el cual los "humores" sociales encuentren una eficaz canalización y articulación. El Príncipe, y dentro de él la figura del "príncipe nuevo", venía a ser la continuación de este proceso de dramática profundización teórica.

Movido por la urgencia de la situación, Maquiavelo abandona el trabajo metódico y lento de los Discorsi para abordar la presentación en forma de manifiesto de la nueva política mediante El Príncipe. El Príncipe es, pues, un breve compendio de teoría y técnica política que trata de la definición y clasificación de los principados, de las leyes o reglas inductivas, de su adquisición, gobierno y conservación, y de la explicación de su pérdida.

Los Discursos son la obra de teoría política más ambiciosa de Maquiavelo, pero su popularidad no es tan grande como la de El Príncipe. Sin embargo, El Príncipe no puede ni debe ser leído ignorando los Discorsi, ya que esta obra presenta el sustrato teórico y filosófico que El Príncipe (obra breve, rápida y dictado en buena parte de la pasión) apenas desarrolla, pues normalmente actúa soterradamente como presupuesto tácito que se explicita tan sólo en forma de aforismos y máximas de una concisión extrema y por ello terriblemente impactantes sobre el lector. Además, en los Discursos está presente la dimensión política del pueblo, su concepción general de la historia y encontramos también mucho más ampliamente formulada su concepción de la naturaleza humana. Por otra parte, El Príncipe debe gran parte de su fama al hecho de que al tratar de la monarquía concierne más directamente a la situación política europea de su siglo y de los dos siguientes, en los que se forjan y desarrollan las monarquías absolutas. Los Discursos tratan de la constitución, ordenamiento, aumento y conservación de los estados. Ahora bien, los estados pueden organizarse en distintas formas de gobierno, y una de ellas es la monarquía, el principado, cuyas diversas circunstancias se estudian en El Príncipe. Así si bien consideraba que la república era la forma más perfecta de gobierno, también opinaba que existían circunstancias excepcionales (como la fundación de un estado o su reforma en caso de crisis o de profunda corrupción) que exigían que el poder permaneciera, por cierto tiempo, en manos de una sola persona. Y es en esas circunstancias donde se inscriben las enseñanzas de El Príncipe.
En lo que se refiere al tono aparentemente más moderado de los Discursos hay que decir que esta obra no es menos discutible desde el punto de vista moral, lo que ocurre es que al ser una obra mucho más extensa, escrita con mayor lentitud y reflexión, las afirmaciones más duran quedan diluidas y atenuadas. Por consiguiente, como los Discursos tratan fundamentalmente de la república, y su tono es aparentemente más moderado que el de El Príncipe, podría parecer, a primera vista, que existe contradicción entre las dos obras; pero no es así, y el propio Maquiavelo lo pone de relieve, remitiéndose, en muchos lugares, a los Discursos, a "lo tratado en el otro libro". En realidad, podríamos decir que El Príncipe se integra en la estructura general de los Discursos. Incluso hay quien opina que "El Príncipe no es una obra independiente, sino una parte de los Discursos sobre la primera Década de Tito Livio".

 

3. Los conceptos de "fortuna" y "virtù"

Los conceptos de fortuna y virtud se presentan en la obra de Maquiavelo con unas aristas más bien imprecisas y cambiantes; la importancia y dominación relativa de uno sobre otro fluctúan según el momento en que están redactadas las diferentes obras.

La fortuna viene a representar lo arbitrario, lo imprevisible, lo que está más allá del alcance y control humano y, sin embargo, interviene más o menos decisivamente en el desarrollo de la acción política. Aunque Maquiavelo no sea absolutamente preciso y unívoco en su caracterización, la presenta más bien como una fuerza natural que como una voluntad trascendente. Prácticamente viene a ser equiparada a la "condición de los tiempos" (cap. XXV de El Príncipe). En ese mismo capítulo el autor le atribuye (frente al fatalismo de los que pretenden hacerla omnipotente) la responsabilidad o influencia sobre la mitad de nuestras acciones. La otra mitad corresponde al hombre: a su virtud y a su saber, pues el acontecer político está determinado también por la naturaleza humana, por la necesidad de las cosas, y esto es susceptible de un cálculo racional.

En el mencionado capítulo de El Príncipe (y en los Ghiribizzi a Soderini, en los Discorsi III, 9 y en la composición en verso titulada Capitolo de fortuna), Maquiavelo insiste en una serie de puntos claves: la fortuna (buena o mala) no es constante, es decir, los tiempos cambian; la felicidad privada y la sabiduría política consisten en adaptarse a la condición de los tiempos, a la fortuna. Pero no hay hombre tan prudente que sepa adaptarse de manera plena: en primer lugar, porque la naturaleza humana (más bien rígida que flexible) no lo permite y, en segundo lugar, porque los hombres siempre están reproduciendo las formas de comportamiento que les han hecho prosperar. Ésta es la causa (no la única pero la causa en última instancia) de la "ruina" tanto personal como colectiva, pero ahí reside también la mayor estabilidad de las repúblicas: "De aquí nace que una república tiene mayor vida y tiene durante más tiempo buena fortuna que un principado, porque puede acomodarse a la diversidad de los tiempos, debido a la diversidad de sus ciudadanos, mejor de lo que es factible a un príncipe".

A la fortuna se opone la virtù, cualidad tanto personal como colectiva, es decir, del cuerpo social en función de los buenos "ordini". En El Príncipe, sin embargo, sólo aparece la primera vertiente. Evidentemente, Maquiavelo no piensa en la virtud cristiana, que para él es antítesis de la verdadera virtù y la causante de la degeneración política y moral del mundo contemporáneo y particularmente de Italia. Tampoco es el "saber" político, pero de alguna manera parece incluirlo en ocasiones. En líneas generales, el concepto es aún más polimorfo e impreciso que el de la fortuna y con más tensiones internas.

En principio, la virtù es la capacidad de acción política; la competencia técnica, la eficacia
y el valor militar, la decisión y también la capacidad de ganar el "consentimiento" social. La virtù sería, en última instancia, la capacidad de adaptarse convenientemente a la condición de los tiempos y saber mudar a tiempo de manera de actuar (en este caso, la delimitación frente a la sabiduría y la prudencia es verdaderamente difícil). La virtù se manifiesta, además, en que comporta "gloria" y obra duradera a quien la posee. En ello encuentra Maquiavelo un medio de demarcar la auténtica y plena virtud de la capacidad de dominación y mantenimiento (que es virtud y al mismo tiempo no lo es) de tiranos como Agatocles y Oliverotto da Fermo La virtù aparece caracterizada en El Príncipe, aparte de su componente militar, con dos rasgos: por un lado la capacidad de coger y atrapar la "oportunidad" (occasine) que brinda la fortuna y, por otro, como la capacidad de previsión de los cambios de fortuna para dominarla, esto es, la capacidad de prepararse a tiempo para contenerla. En conexión con la virtud se encuentra el concepto de necesidad. La necesidad es el imperativo o la obligación emanada de la naturaleza y situación reales de las cosas, y para Maquiavelo la política como esfera de acción es una respuesta permanente a la necesidad.

4. Ética y Política en Maquiavelo

La concepción maquiaveliana de la ética y de la política no es fruto de un pensamiento puntual y concreto, sino resultado de una progresiva elaboración teórica. De hecho, éste es uno de los temas más discutidos acerca de Maquiavelo: los choques que se suscitan entre la moral y la actividad de un político que pretende ser eficaz. El dilema que queda planteado es el de una política sujeta a la moral, pero condenada al fracaso, o bien una política eficaz pero inmoral. En torno a este tema se han producido las mayores discrepancias acerca de la obra de Maquiavelo, calificándola algunos, como Sabine o Cassirer, no de inmoral sino de amoral; o bien condenándola otros por francamente inmoral. Acerca de esta cuestión también se ha hablado de un "doble patrón de moralidad" y de la autonomía de la política respecto a la ética. Son estas cuestiones las que, en la medida de lo posible, trataremos de dilucidar.

A cinco siglos de su nacimiento, Nicolás Maquiavelo es todavía un clásico con "mala prensa" o "leyenda negra". La confección de El Príncipe en 1513 señaló el comienzo de una furiosa polémica antimaquiavélica: este pequeño opúsculo circulará privadamente hasta el año 1532. En esa fecha verán la luz dos ediciones, una en Roma y otra en Florencia, iniciándose una ininterrumpida publicidad hasta nuestros días. A decir verdad, Maquiavelo es uno de los autores merecidamente más discutidos: unas veces es exaltado como el máximo teórico o hasta como el fundador de la ciencia de la política y del estado moderno, y en otras ocasiones es denigrado como una especie de "Satanás desencadenado y deambulante por los subterráneos de cuantos palacios se lo posibilitan". Sin embargo, él mismo, en su vida personal, fue tan poco "maquiavélico" que, muchas veces, incluso conmueve.

a) Maquiavelo como iniciador de la ciencia política moderna

En primer lugar, se debe constatar que la ciencia política moderna comienza con el florentino Nicolás Maquiavelo. Antes y después de él se puede hablar en la cultura occidental de filosofía política; pero sólo después de él de ciencia política. No obstante, se debe matizar que la gloria de haber iniciado la ciencia política moderna no le pertenece exclusivamente a Maquiavelo (ya que cerca de él trabajaba calladamente el espíritu objetivo y analítico de su coetáneo Francisco Guicciardini), pero él es su representante más destacado y visible. La originalidad de su genio radica justamente en haber descubierto la especificidad del hecho político y su vía de conocimiento.

Diagnostica desde las máximas de la ciencia política las causas del hundimiento italiano: la falta de "armas propias", la ausencia de virtù y la dependencia total de la fortuna, la política no realista, es decir, el desconocimiento de la fuerza y la prudencia. Al mismo tiempo ofrece la vía de salida y regeneración que para Maquiavelo es solamente una: la presencia de un "príncipe nuevo" que implante un principado civil.

La ciencia política moderna no es una continuación de la Política de Aristóteles, ni de las glosas de sus comentadores, sino un nuevo producto intelectual, cuya fuente es la observación de los hechos vividos y de las instituciones políticas vigentes. Maquiavelo, político y humanista a la vez, construyó la ciencia política con los materiales que le suministraron la observación del presente y el estudio del pasado. Reconoce expresamente dos fuentes de su conocimiento de la política: la primera es la experiencia de los asuntos públicos, y la segunda el estudio de la historia de la antigüedad. Por la experiencia personal y por el testimonio de los historiadores se dio cuenta de que el hecho político, objeto de la ciencia política, es un hecho humano de poder: el hecho político para él no es otra cosa que la lucha por el Poder, la relación entre gobernantes y gobernados, la organización de los asuntos públicos y la dirección del Estado. El Poder y el Estado, como la máxima expresión del Poder, son el tema de la nueva ciencia política iniciada por Maquiavelo. En nuestro autor hay una conciencia clara y vidente del objeto y método de la ciencia política. Así, mientras la filosofía política se empeña en gran parte en el estudio del Estado y del comportamiento político tales como deben ser o se imaginan los filósofos, la ciencia política los estudia tal y como son.

Abandonando la fácil tentación de un recurso a la imaginación, nuestro autor desarrolla los principios de una política rigurosamente "realista" sobre la base de la "verdad real de la cosa", partiendo de lo que las cosas son y han sido y serán siempre (no de lo que deberían ser), pues la política debe basarse en que los hombres (su naturaleza y sus pasiones) son inevitablemente malos, inconstantes, volubles, ingratos, desleales. Un príncipe (el Estado) debe basarse en lo que es suyo (esto es, en sí mismo, no en lo de los demás): la ley por un lado, y la astucia y la fuerza por otro. Es decir, "a un príncipe le es necesario saber utilizar correctamente la bestia, debe elegir entre ellas la zorra y el león, porque el león no se protege de las trampas ni la zorra de los lobos. Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos" (El Príncipe, cap. XVIII). El príncipe debe actuar a partir de estos principios sobre la base de la autonomía porque lo impone necesariamente la naturaleza de las cosas y su movimiento: debe disfrazar (colorire) sus a primera vista injustas, inmorales e irreligiosas acciones porque la política para la generalidad es el reino de las "apariencias", ya que "todos ven lo que pareces, pero pocos palpan lo que eres" (Ibid.). Se ha de ser consciente de que es inevitable "pecar" a veces para conservar el Estado y la libertad "porque si se considera todo como es debido se encontrará alguna cosa que parecerá virtud, pero si se la sigue traería consigo su ruina, y alguna otra que parecerá vicio y si se la sigue garantiza la seguridad y el bienestar suyo" (El Príncipe, cap. XV). En nombre de las nuevas exigencias esgrime el arma del realismo y no se deja encerrar en la ética tradicional. Es la autonomía de la política, su independencia de la moral o también la constitución de una moral política. Maquiavelo no desarrolla teóricamente estos puntos, simplemente se les ve funcionar en su reflexión.

b) El Estado como fin

Maquiavelo es famoso por su actitud de indiferencia hacia la moralidad o inmoralidad de los medios empleados por el gobernante en la realización de sus fines políticos, que consisten en la conservación y aumento del poder. De hecho, lo que hace Maquiavelo es transfigurar la realidad y valorarla según los principios de su doctrina política, o sea, según su propia concepción del Estado:

Más que ningún otro pensador político fue Maquiavelo el creador del significado que se ha atribuido al estado en el pensamiento político moderno. Considera que la única base del Estado, del poder político, es la fuerza y el consentimiento organizado. Así, describe el funcionamiento efectivo de las instituciones políticas y en este sentido El Príncipe es una larga revelación de los mecanismos reales del poder. Incluso la propia palabra estado, empleada para designar al cuerpo político soberano, parece haberse difundido en los idiomas modernos en gran parte debido a sus escritos. La doctrina del poder de Maquiavelo alcanzó en la estructura del Estado Moderno su concreción plena y total. Nace, con ello, la teoría del Estado.

Maquiavelo plantea la visión del Estado como suprema construcción de la inteligencia y virtud humanas, como una estructura viva generadora de orden (la única vía para el orden), porque él es en sí mismo el "orden". Para él, el Estado no era un medio, sino un fin en sí mismo cuya meta principal era conservarse. La existencia y seguridad del Estado debían estar por encima de las acciones privadas de los individuos. De ahí que, el bienestar público y las necesidades del Estado, debían anteponerse al desenvolvimiento autónomo de la personalidad. Lo original y novedoso de su pensamiento político se manifiesta principalmente en su manera de concebir la estructura del Estado, que es ante todo una estructura de poder.

La frase "Ragion di Stato" no la forjó Maquiavelo, pero conoció su contenido y vivió y experimentó su problema. Él es quien, subvertiendo el rango de los valores, puso los fines del Estado por encima de todos los demás, incluso de los valores éticos y religiosos. En él la noción del Estado se seculariza, se libera de la envoltura teológica y encuentra en sí misma su propia justificación. De aquí a la "razón de Estado" no hay más que un paso, que pronto se da.

En El Príncipe menciona buenas cualidades como mantener la fidelidad y mostrar integridad, y observa luego que "no es necesario que un príncipe tenga todas las buenas cualidades que ha enumerado, pero es muy necesario que parezca que las tenga" (El Príncipe, cap. XVII): Si el príncipe posee y practica invariablemente esas buenas cualidades, estas resultan nocivas, mientras que la apariencia de poseerlas es útil. Es necesario que el Príncipe sepa encubrir este procedimiento artificioso, y sea hábil en disimular y fingir: "Como los hombres son simples, y se sujetan a la necesidad en tal alto grado, el que engaña con arte, halla siempre gente que se deja engañar"(cap. XVIII). Para Maquiavelo, la virtud en política debía tener un alcance utilitario y práctico. No era preciso que el príncipe fuera virtuoso, lo importante era que lo pareciese, o dejara de serlo si era un impedimento para realizar los fines del Estado. Así, era indispensable "conservar su corazón en exacto acuerdo con su inteligencia, para variar en sentido contrario a sus convicciones, en caso preciso, si para mantener el orden de su Estado, se viera obligado a obrar contra su palabra, contra las virtudes humanitarias o caritativas, y hasta contra su propia religión"(Ibid).

Así pues, es bueno parecer ser clemente, fiel, humano, religioso y recto, y también es bueno serlo en realidad, pero al mismo tiempo el príncipe debería estar de tal manera dispuesto que supiese obrar de modo contrario cuando las circunstancias lo requiriesen. Esto es así porque en las acciones de todos los hombres, y especialmente en las de los príncipes, los resultados son lo que cuenta, y es por ellos por los que el pueblo juzga. Si el príncipe tiene buen éxito en establecer y mantener su autoridad, los medios que emplee serán siempre calificados de honorables y serán aprobados por todos.

Maquiavelo no ignora que su doctrina contradice la moral oficial. Pero considera que el mundo está hecho de tal forma que comportarse de otro modo resultaría "peligroso", ya que los hombres son mentirosos y tramposos, y quien no sabe engañar o mentir corre el riesgo de ser devorado. Puesto que los demás no respetan los compromisos, uno mismo no está obligado a respetar los suyos con los demás. El príncipe sólo necesita, pues, encontrar un pretexto honorable que sin duda no le faltará. Los hombres han actuado así siempre: las historias de todos los pueblos dan fe de ello. Modernamente una infinidad de ejemplos permite comprobar la deslealtad de los príncipes (Maquiavelo piensa en ciertos casos ilustres y recientes: C. Borgia, Alejandro VI, entre otros). Considera que es preciso ser un gran simulador y disimulador, ya que quien sepa mentir engañará a los hombres y podrá abusar de su irreflexión y de su simplicidad.

Por tanto, en el polémico capítulo XVIII de El Príncipe, que tantos reproches ha levantado, Maquiavelo no hace otra cosa sino descubrir una práctica habitual del momento sobre la que, hasta entonces, ningún teórico de la política se había atrevido a fundar un sistema, dar reglas y, mucho menos, proponerlas a los gobernantes. De esta forma, en ese famoso capítulo XVIII donde se desarrolla ya la teoría de la caducidad de los tratados, y del derecho permanente de los Estados a no cumplir los compromisos más solemnes, el secretario florentino expone, sin vacilación ni reticencia, la doctrina de la hipocresía política (la cual es consecuencia de la necesidad en que el Estado se encuentra de preocuparse de la opinión, y producto de la absurdidad de los hombres, cuyos prejuicios hay que respetar aparentemente si se quiere conservar cerca de ellos el crédito necesario). Por eso, todas las veces que la "razón de estado", es decir el interés o conservación del Estado lo exija, el príncipe debe mentir, simular y disimular. Y Maquiavelo asegura a estos procedimientos de gobierno un éxito infalible.

Tampoco debemos olvidar que para Maquiavelo la política como esfera de acción es una respuesta permanente a la necesidad: La misma necesidad o curso inevitable de las cosas impone al político "saber usar la bestia y el hombre", la zorra y el león, romper su propia palabra, actuar contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión; disfrazar sus "pecados" y revestir su conducta de "apariencias"; la necesidad obliga al innovador a servirse de la fuerza bruta para conseguir imponer sus nuevas instituciones.

c) Pesimismo antropológico como punto de partida

Maquiavelo concibe la política como una ciencia cuya base es la identidad de la naturaleza humana, que siempre se comporta igual, responde a los mismos estímulos de forma parecida, y sufre una invencible tendencia a obrar mal a no ser que se le obligue a lo contrario. Maquiavelo daba por supuesto que la naturaleza humana es fundamentalmente egoísta, e indicaba al príncipe dónde se encuentran sus intereses y cómo podría realizarlos. Como el arte de la política se funda en razones de "egoísmos", dedujo la conclusión de que la fortaleza del Estado no residía en la moralidad de su basamento institucional, sino en la fuerza y habilidad de los gobernantes. De este modo, la fuerza física entendida como coacción, la astucia y la habilidad, constituían para él las bases esenciales del engrandecimiento político:

Maquiavelo considera que el hombre tiene una naturaleza y pasiones inmutables, permanentes, constantes. Su acción está determinada por la ambición (deseo de riquezas y de poder), la impaciencia, la envidia, la sed de venganza, la angustia de la seguridad, el deseo de novedad. En definitiva, el hombre tiende naturalmente al desorden y a la corrupción.

El supuesto de que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y de que los motivos reales en los que tiene que apoyarse el estadista son de ese carácter, está en la base de los planteamientos de Maquiavelo acerca de política práctica: la naturaleza humana es profundamente agresiva y ambiciosa; los hombres no sólo aspiran a conservar lo que tienen, sino a adquirir más, ya que ni en el poder ni en las posesiones hay límite para los deseos humanos. Por todo ello parte del supuesto de que los hombres son, por lo general, malos y que el gobernante prudente debe basar su política en este hecho. El gobierno se funda en realidad en la debilidad e insuficiencia del individuo, que es incapaz de protegerse contra la agresión de otros individuos a no ser que tenga el apoyo del poder estatal. Con este motivo insiste especialmente en que el gobernante debe ser fuerte y aspirar ante todo a la seguridad de la propiedad y la vida (pues estos son los deseos más universales que hay en la naturaleza humana). De ahí su cínica observación de que un hombre olvida con más facilidad el asesinato de su padre que la confiscación de su patrimonio: el gobernante prudente puede matar, pero no debe saquear. Estas consideraciones del pensamiento de Maquiavelo, completadas por una psicología sistemática, darán lugar a la filosofía política de Hobbes. Con la lectura de El Príncipe nos asomamos a los abismos y cumbres de la naturaleza del hombre, a la luz y las sombras del alma humana. La antropología, la psicología y la ética conjuntamente con la historia del género humano nos ayudan a penetrar en el conocimiento de ese hombre que, con todas sus flaquezas y virtudes, Maquiavelo nos presenta.

Por tanto, para Maquiavelo la misma maldad ínsita en el hombre obliga al político a actuar partiendo del principio de que todos los hombres son "reos" (Discorsi, I,3), falsos, simuladores y disimuladores, lo que le obliga a él mismo a incurrir en acciones condenables desde el ámbito de la moral. Vemos pues, cómo su menosprecio de la moralidad residía en la creencia de la maldad natural del hombre. Así, considera que quien quiera fundar un Estado y hacer leyes apropiadas para su gobierno, debe suponer de antemano que todos los hombres son malos por naturaleza, y que no dejarán de mostrar esta depravación de su ánimo, cuantas veces se le ofrezca la oportunidad. Insiste especialmente en que el gobierno que quiera tener éxito debe aspirar ante todo a la seguridad de la propiedad y la vida, ya que éstos son los deseos más universales que hay en la naturaleza humana. También influían en su creencia el estado de corrupción que dominaba en la época a Italia. Entendía Maquiavelo por corrupción, primera y principalmente la decadencia de la moral privada y cívica, el progreso de la impiedad y de la violencia, de la holgazanería y de la ignorancia, el predominio de la mala voluntad, de la licencia y de la ambición; el olvido de la justicia, la deslealtad, la debilidad y la desunión. Por tanto, si bien postulaba el uso de medios inmorales por parte de los gobernantes para conseguir una finalidad, nunca dudó que la corrupción moral de un pueblo hace imposible el buen gobierno.

La identidad de la naturaleza humana implica la inmutabilidad de hecho de la historia: no hay en Maquiavelo un concepto de progreso acumulativo sin regresión posible ni en la naturaleza humana, ni en la sociedad en su conjunto. Como las cosas humanas son siempre idénticas a sí mismas, la historia es una repetición de lo mismo; de ahí que pueda funcionar como "magister vitae", como fuente del saber, ya que la sabiduría política tiene como base precisamente la "experiencia" de las cosas actuales y la "lectura" de las cosas pasadas. Es precisamente esta inmutabilidad e identidad de la naturaleza humana y de la historia lo que permite la previsión del comportamiento político humano, el cálculo racional y la extracción de reglas generales de acción política, aunque en ocasiones una generalidad absoluta de la regla no sea posible. En definitiva, su método era histórico-inductivo.

Maquiavelo concibe la historia como un proceso repetitivo ascendente y descendente del máximo grado posible de perfección, orden, estabilidad y virtud al máximo grado posible de degeneración, desorden, corrupción y vileza. Así, la historia no resulta movida por los conflictos entre sistemas económico-sociales o por las luchas de clases, sino que aparece movida por las pasiones y los instintos humanos. La historia enseña muchas cosas: por ejemplo, que todos los hombres se comportan más o menos igual, que los pueblos conservan un mismo carácter por mucho tiempo, o que la cantidad de poder permanece constante, aunque desigualmente repartida. De este modo la historia muestra que, hasta la fecha, los estados se han alternado siguiendo un esquema cíclico: surgían, crecían, alcanzaban el cenit de la perfección, se corrompían, decaían y desaparecían por completo, siendo sustituidos por otros. Sin embargo, Maquiavelo no cree que este ciclo sea inmutable o que constituya una especie de destino circular e insoslayable. Precisamente la historia, al proporcionarnos conocimiento, nos da la posibilidad de romper el círculo, ya que el conocimiento es poder. Y haciendo uso de ese poder es factible disponer las cosas de otra manera, y organizar un estado capaz de renovarse a sí mismo, de mantenerse en equilibrio, libre de la corrupción, por mucho tiempo, sin decaer. Por este motivo, la historia es la maestra del político: el cual debe saber entender sus lecciones y extraer provecho de las experiencias del pasado, hasta el punto de proyectar en las condiciones o situaciones fácticas los principios que la historia le vaya señalando infaliblemente.

d) La separación entre ética y política

Maquiavelo presenta un ejemplo extremo de la doctrina de un doble patrón de moralidad: el doble patrón de conducta para el estadista y para el ciudadano privado constituye la nota principal del llamado "maquiavelismo". Se debería distinguir, entonces, entre unas normas para aplicar al gobernante que encarna la voluntad del Estado, y otras para juzgar los actos de los sencillos ciudadanos: se juzga al primero por el éxito conseguido en el mantenimiento y aumento de su poder; y a los segundos por el vigor que su conducta da al grupo social. Como el gobernante está fuera del grupo o, por lo menos, en una situación muy especial con respecto a él, se encuentra por encima de la moralidad cuyo cumplimiento debe imponerse dentro del grupo. El gobernante, como creador del estado, no sólo está fuera de la ley, sino que si la ley impone una moral, está también fuera de la moralidad. No hay otro patrón para juzgar sus actos sino el éxito de sus expedientes políticos para ampliar y perpetuar el poder de su Estado. El legislador puede utilizar todos los medios prudentes para asegurar sus fines ya que, siendo él mismo la causa de la ley y de la moralidad cívica, es independiente de ambas en la realización de su función política.

Nuestro autor aceptó esta conclusión y la incluyó en sus consejos a los gobernantes, lo cual es el motivo principal de la mala reputación de El Príncipe, donde postula abiertamente el uso de la crueldad, la perfidia, el asesinato o cualquier otro medio, con tal que fuesen utilizados con suficiente inteligencia y secreto para poder alcanzar sus fines. No hay, pues, recursos buenos ni malos desde el punto de vista ético.

Si bien desde la ética es discutible la aceptación de dos morales, de lo que no puede caber duda es que la práctica de buena parte de los gobernantes, tanto de nuestros días como del resto de los habidos en los siglos que nos separan de Maquiavelo, ha estado amparada por sus preceptos. En opinión de M. Formoso: "Si aceptamos la existencia de este doble patrón moral, Maquiavelo no es inmoral, ni amoral, sencillamente ha descubierto que la política, y el gobernante que la ejecuta, están sometidos a otra esfera moral, que no puede ser la corriente de los ciudadanos". Respecto a esta afirmación, indudablemente puede ser cierta, pero subsiste el hecho de que Maquiavelo consideró que el gobernante tiene derecho a valerse de medios inmorales para la consolidación y conservación del poder, por lo que el juicio ético sobre su pensamiento es inevitable.

El príncipe de Maquiavelo es, pues, la encarnación viva del poder: como legislador supremo estaba por encima de las leyes que él mismo dictaba, y utilizaba la ley como instrumento de la soberanía de su poder. Declarar al príncipe (legislador o gobernante) libre de todo freno de la ley o moralidad, equivalía a decir que el poder no tenía justificación. Así pues, la existencia de un doble patrón de moralidad, aplicado por Maquiavelo, descubre la razón de Estado y, muy posiblemente, es la causa de su perennidad.

Ya hemos explicitado cómo a raíz de su conocimiento de la figura de César Borgia, y de las circunstancias que rodearon sus legaciones ante este personaje, Maquiavelo constató la presencia del mal y de la traición en política; la escisión entre la ética y la política (como problema doloroso y no resuelto). Sin embargo, no hay una simple constatación de la necesidad inevitable del mal en la política, sino que el lenguaje maquiaveliano expresa también la amargura y el dolor por esa nueva confirmación de que las cosas son realmente así y es imposible substraerse a ellas, porque en ese juego participamos activamente todos de una manera u otra.

El planteamiento maquiaveliano del realismo inevitable al legislador no oculta la dolorosa conciencia, no cancelada ni superada, de la tensión y escisión entre ética y política. De esta manera, el destinado a establecer el orden, a canalizar las pasiones y organizar la convivencia, se ve abocado y legitimado a la violencia, al fraude, a la extorsión. El propio Maquiavelo lo sabe y es consciente de esta tensión, de la inmoralidad de la política, pero considera que no hay remedio posible. Ya no se condena que el empleo de medios malos entrañe una violación de la moral, sino que se encuentra justa la violación misma por razón de la necesidad: junto al bien, el mal aparece como un medio necesario para consolidar el bien. Se trata de la utilidad frente a la moralidad: "el fin justifica los medios", y el fin es el Estado. Lo único que cuenta es el éxito o buena culminación de las actividades emprendidas, el triunfo: "Aquellos que vencen, que venzan de cualquier modo, mas sin avergonzarse nunca"(Istorie Fiorentine, III, 13).
Maquiavelo contempla la política como una actividad que se sustenta en sí misma, que es autónoma y que no requiere de otras consideraciones externas a ella. Da por supuesto naturalmente que la política es un fin en sí, que la finalidad de la misma es conservar y aumentar el poder político, y que el patrón para juzgarla es su éxito en la consecución de ese propósito. Que una política sea cruel, desleal o injusta, es cosa para Maquiavelo indiferente, aunque se da perfectamente cuenta de que tales cualidades pueden influir en su éxito. Trata con frecuencia de las ventajas que la inmoralidad hábilmente utilizada puede proporcionar a los fines de un gobernante, y esto ha causado principalmente la mala reputación de este florentino. Eso no significa que Maquiavelo tuviese intención alguna de aconsejar la difusión de la inmoralidad. Como ya se ha señalado, era perfectamente consciente de que una nación moralmente degradada y decadente está condenada a la destrucción; lamentaba la condición moral de Italia y tenía una sincera admiración por las virtudes cívicas del mundo antiguo.

En suma, podemos afirmar que en Maquiavelo se lleva a cabo la afirmación clara y explícita de la ruptura con la ética tradicional y de la autonomía de la esfera política. Maquiavelo no parte de la ética tradicional para encontrar el fundamento de la acción política, sino que describe el marco y la entidad real de esta acción: el proceder político tiene sus propias leyes, independientes de la moral. Reivindica la política como una ciencia, con sus postulados, sus leyes y su caudal de experiencias para confirmar las hipótesis. Justamente ese carácter científico es lo que permite elaborar predicciones, construir estrategias para el futuro con un grado razonable de fiabilidad.

Maquiavelo jamás se pregunta por el valor moral de un acto: lo único que le interesa es su valor político. Él es propiamente un político, no un filósofo, ni un teólogo. Piensa que estos pueden, si lo desean, cuestionar desde el punto de vista ético la conducta humana en los asuntos públicos, pero eso no cambiaría en absoluto la realidad de los hechos. Por ello, según Maquiavelo, están fuera de lugar cualquier moralismo y cualquier utopía referente a gobernantes perfectos. En ocasiones su indiferencia ante la inmoralidad ha sido presentada como ejemplo de imparcialidad científica. Sin embargo, este juicio parece excesivo. Maquiavelo no era imparcial; lo que ocurre es que únicamente le interesaba un fin, el poder político, por lo que era indiferente a todos los demás.

No reconoce el bien y el mal como tales, sino que se sirve de ambos exclusivamente como dos instrumentos que deben conducir a la obtención del éxito, sin tener en cuenta si ello es mediante la virtud o mediante el vicio. No en vano, según nuestro pensador, los buenos en sentido moral resultan inútiles para la sociedad: no están constituidos para ser hombres "públicos", sino más bien para ser hombres "privados".

Las virtudes "buenas" (los valores morales) son las consideradas como buenas por la opinión común, la cual es mudable e hipócrita: si el príncipe vence nadie le reprochará el no poseerlas o el no haberlas respetado. Por consiguiente, virtudes y vicios no son vistos desde el punto de vista moral, sino desde el político y del triunfo: si una virtud impele a perder el Estado, conviene abandonarla; y si un vicio lleva a robustecerlo o salvarlo, conviene practicarlo. La virtud (virtù), en cuanto capacidad del príncipe que le posibilita mantener el Estado (aun cuando sea incurriendo, de ser preciso, en los mayores males morales) está por encima de la virtud en cuanto bien moral, pudiendo instrumentalizarla y hasta negarla, anteponiendo los fines del éxito del actuar. El único y auténtico vicio o defecto del príncipe no consiste en obrar el mal moral, si es necesario, sino en la ausencia de la capacidad conducente al mejor éxito de su actuar. Así pues, no existe ningún bien que sea bien y ningún mal que sea mal, ya que mientras es bueno lo que hace prosperar al Estado y mantiene al príncipe en el poder (aunque sea entre males morales), es malo en cambio todo lo que le perjudica, aunque sea entre bienes morales. Comprobamos, por tanto, cómo la autonomía o separación que establece Maquiavelo entre ética y política le lleva a concebir el factor moral como una fuerza que un político inteligente puede utilizar en provecho del Estado e incluso crear en interés de éste, y ello invierte por completo el orden normal de valores.

La doctrina de Maquiavelo es responsable del profundo desmembramiento de la conciencia moderna, de la incontrastable y ostensible separación entre la Política y la Moral. Sin embargo, frente a esta postura debemos afirmar que en ningún caso la política debe estar al margen de la ética, ya que la política es conducta humana, social e histórica, y por consiguiente siempre susceptible de valoración ética. Al separar la moral de la política, Maquiavelo admitió que la acción moral dentro de una sociedad civil era principalmente conformidad con el Código. No se percató de que ese no tomar en cuenta el bien moral convierte en vano hasta el bien político.

Por todo ello las perspectivas políticas de Maquiavelo son unilaterales y restringidas, limitadas a lo útil, al éxito y al mantenimiento del Estado. Maquiavelo concebía el Estado no como un medio, sino como un fin en sí mismo. Aparte del carácter inmoral del principio implicado en que el fin justifica los medios, se plantea la obvia dificultad de que las concepciones de lo que es un fin bueno pueden diferir. La existencia y seguridad del Estado debían estar por encima de las acciones privadas de los individuos. De ahí que, el bienestar público y las necesidades del Estado se antepusiesen al desenvolvimiento autónomo de la personalidad. Bajo esta concepción latía una subestimación de la naturaleza intrínseca del hombre: no le interesaba en su análisis el hombre interior, singular, subjetivo, sino el hombre general, sujeto al conflicto de intereses que determina la vida en sociedad. Tal y como ya hemos comentado, partía de una concepción pesimista de la naturaleza del hombre.

5. El "maquiavelismo" y su perennidad

La obra fundamental del célebre secretario florentino, la que ha perdurado a través del tiempo, dando siempre lugar a las más encontradas opiniones, es El Príncipe, libro que encierra cuanto de filosofía práctica y reglas de gobierno podría apetecer cualquier jefe de Estado de cualquier tiempo, dispuesto a no reparar en medio para alcanzar sus fines. Su índole moral es fundamentalmente recusable. El Príncipe ha tenido apologistas entusiastas, como Gentile, Alfieri, wicouefort, Gobineau y Nietzsche, y detractores implacables, a cuyo frente se hallan, en diferentes épocas, hombres como Saavedra, Fajardo, Voltaire, Federico de Prusia, Macaulay. ,Castelar, Tolstoi, etcétera. Napoleón comentó el libro de Maquiavelo con discrepancia en algunos puntos, pero siempre con simpatía.

En las primeras décadas del siglo XVI la ética de Maquiavelo, su reducción de la ética gubernamental a una técnica del gobierno más eficaz, constituyó una novedad. Su concepción se oponía diametralmente a la ética clásica tradicional: En Aristóteles la política estaba subordinada a una ética que deseaba, sobre todo, el perfeccionamiento del hombre. Platón, por su parte, había escrito en las Leyes que el Estado perfecto era aquel en el que se realiza la comunidad de bienes. Ambos concebían la organización política como el marco para la educación moral e intelectual de los hombres.

Sin embargo, desde Maquiavelo no sólo los príncipes y conquistadores del siglo XV, sino también los fundadores de los modernos Estados tienen la conciencia tranquila cuando "crean orden", utilizando la injusticia y obrando el mal para dar satisfacción a sus ambiciones de poder, ya que pueden convencerse y estar persuadidos de que así cumplen su deber como políticos: "sacrifican" su moralidad personal en favor del bien político, y se sienten muy satisfechos con ello.

De este modo el concepto de justicia queda totalmente transformado: se le ha vaciado de su originario y verdadero contenido moral. Así, pasa a ser justo lo que dicta la ley (con independencia de su moralidad), lo útil o provechoso en un momento dado. La indiferencia ante el bien y el mal es considerada como una norma, no de la moral, pero sí de la política entre los hombres. Por lo tanto, a Maquiavelo se remonta no sólo la reconocida inmoralidad que se da en muchos de los políticos, sino también la responsabilidad de la doctrina que hace de la inmoralidad una ley fundamental de la política. Carga con la responsabilidad, ante la Historia, de haber reconocido, proclamado y explicado la inmoralidad como norma imperante en la política. Esta inmoralidad consiste en haber tomado como "buena Política", es decir, como una Política que satisface su verdadero objetivo y se adapta a su verdadera naturaleza, a una Política que, en su esencia, no es moral.

En lo que se refiere a su "doble patrón de moralidad" hay que decir que por su misma constitución está condenado al fracaso: Maquiavelo subraya que los valores morales están descartados en los pensamientos y obras de quienes desarrollan la política (príncipe o gobernantes). Pero al mismo tiempo sostiene el valor o perenne vitalidad de los mismos valores morales y convencimientos éticos en todos los otros con los que el Príncipe se rodea y a los que tiene que gobernar. Sin embargo, es imposible que los actos de alguien situado fuera de la moral a la larga no conduzcan hacia una desintegración o degeneración de los valores morales y de los convencimientos éticos en la vida de ese pueblo, y a la consiguiente ruina progresiva de las estructuras y costumbres éticas ligadas a estos convencimientos.

Las máximas que prescribe Maquiavelo para alcanzar el éxito político siguen estando tan vigentes en nuestros días como en sus tiempos de corrupción en Florencia. El Estado, que debería ser la persona moral destinada a realizar el bien común en la sociedad, sencillamente no lo puede realizar, y para alcanzar determinados logros parciales, se ve obligado a cometer diversas iniquidades. La lectura de El Príncipe apasiona no sólo por la prosa tersa, directa y fría de su autor, sino también por la vigencia y actualidad de sus juicios. Por tanto, la perennidad de Maquiavelo nos lleva a la lamentable conclusión de que son nuestros tiempos los que lo hacen oportuno y aplicable en cada momento de la vida política. Maquiavelo ha sacado a la luz de la conciencia no sólo las costumbres de su propio tiempo, sino también las prácticas generales de la política de fuerza de todos los tiempos.

Maquiavelo es realmente asistemático: No desarrolló sus teorías políticas de modo sistemático, sino en forma de observaciones acerca de situaciones determinadas. Sin embargo, tras ellas o implícitas en ellas, había, con frecuencia, un punto de vista coherente que podía desarrollarse hasta convertirse en una teoría política y que de hecho se desarrolló en época posterior. A pesar de todo, debemos ver a Maquiavelo como la expresión necesaria de su tiempo, como un hombre estrechamente ligado a las condiciones y exigencias de su época. Por otra parte, si olvidamos sus elaboraciones teóricas y nos centramos en su propia vida, podemos comprobar que, en realidad, no hubo nadie menos maquiavélico ni peor discípulo de sus enseñanzas que el propio Maquiavelo.

 

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