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Ejercicio de completar frases

Escribe en los espacios en blanco las palabras adecuadas.

Las llamadas “teorías éticas” son el resultado de diversas reflexiones filosóficas realizadas a lo largo de la historia sobre la . Su objetivo es comprenderlo, analizarlo, explicarlo y, si lo hubiere, encontrar su .

En la antigua Grecia, se llamaba areté a lo que a una cosa, haciendo que sea tal y como debe ser. Areté era aquello que hace que las cosas en general sean lo que les corresponde esencialmente ser. El término castellano que mejor recoge el significado de areté es .

Dado que Sócrates concibe al hombre como un ser dotado de un alma capaz de y de , y encuentra que esta capacidad es lo que más esencialmente define al hombre, concluye que la excelencia o areté de éste habrá de consistir en el ejercicio de dicha capacidad. Y como entiende, a su vez, que tal ejercicio se halla orientado a la adquisición de saber y conocimiento, termina por identificar la areté del hombre con el saber y el conocimiento. El mejor hombre, el hombre bueno, el que está a la altura de su esencia y de su condición humanas, es el hombre .

La reivindicación socrática del conocimiento es una reivindicación de la . Sócrates se da cuenta de que el conocimiento es condición de la y que la ignorancia, por el contrario, : nos hace dependientes, nos ata indefectiblemente a algo o a alguien.

Lo que Sócrates se esfuerza en mostrar es que existe una estrecha relación entre el , la virtud y la . El conocimiento del bien conduce a la práctica de la , y el ejercicio de ésta nos hace . Pero, de estas tres realidades, la constituye la más valiosa, ya que propicia la adquisición de las otras dos.

El intelectualismo socrático tiene una importante consecuencia lógica oportunamente destacada por Platón. La consecuencia en cuestión es que la virtud puede ser . No es algo que se herede, ni que corresponda por derecho a una casta o a una clase social. Tampoco es algo que se tenga por naturaleza o nos venga dado de nacimiento. Y tampoco es un don divino o un regalo de la fortuna. Para Sócrates, la virtud es algo .

Según Sócrates, la maldad tiene su origen en la , tenemos entonces que los malvados pueden ser conducidos a la bondad en la medida exacta en que puedan ser rescatados de su de la virtud; esto es, en la medida en que puedan ser debidamente instruidos o formados. Por eso, tanto Sócrates como Platón considerarán tan importante la formación (paideia) en la vida de la pólis. La formación no sólo hace a los hombres más sabios: los hace .

Según los sofistas y los relativistas morales en general, las normas y preceptos morales –que regulan las relaciones entre los individuos en el seno de una comunidad– son siempre . Se aceptan por interés, por conveniencia y no tienen otra razón de ser que dicho interés y dicha conveniencia. La consecuencia inmediata de esta doctrina es que ninguna actuación puede ser considerada “buena” o “mala” en sí misma. Todo depende del o de la de los sujetos particulares.

Protágoras, el parecer de los hombres es la (de la bondad y de la maldad) de todas las cosas y de todas las acciones.

Según Aristóteles, en el cumplimiento de lo que más esencialmente le corresponde ser, alcanza el hombre la , que es el fin último que todos los hombres persiguen. El hombre es cuando realiza el “oficio de hombre”, esto es, cuando se comporta de acuerdo con aquello que le define como tal, cuando vive "según la razón”.

Aristóteles identifica la “virtud” con el de actuar según el "justo término medio” entre dos actitudes extremas, a las cuales denomina “vicios”.

En la Antigüedad, se distinguieron por su importancia dos escuelas filosóficas morales que se ha convenido en calificar “hedonistas”: la escuela , fundada por diversos discípulos de Aristipo de Cirene, y la escuela de .

Epicuro advierte contra sus críticos contemporáneos que cuando habla del placer como “bien supremo” y “fin último de la vida” no se refiere “a los placeres de los disolutos y de los que se dan en el goce” desordenado y sin medida, sino “a la ausencia de en el cuerpo y a la ausencia de en el alma”.

Los estoicos llamaron a esta suerte de dominio o de control racional sobre los propios impulsos, pasiones y afectos. Mediante la práctica escrupulosa y sostenida de este autocontrol o autodominio, el “sabio” llega a un estado de imperturbabilidad espiritual denominado .